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El lecho de olivo

Canto XXIII, 183-204

Ulises ya ha matado a los pretendientes, ya se ha lavado, ya le han dicho a Penélope que su marido ha vuelto. Y ella no se lo cree. Veinte años dan para muchos impostores.
Así que le tiende una trampa muy tranquila: manda que saquen la cama del dormitorio y la preparen fuera.
Él salta. Es imposible, dice, y cuenta por qué. En el patio crecía un olivo, grande como una columna. Cortó las ramas, peló el tronco, lo pulió, lo enderezó con un nivel y lo convirtió en la pata de la cama. Y después levantó las cuatro paredes de la habitación alrededor. La casa se construyó en torno a lo que tenía raíces.
Esa cama no se puede mover de sitio sin destruirla. Solo lo sabían dos personas en el mundo, y por eso ella se echa a llorar y lo reconoce.
Lo que no se puede trasladar es exactamente lo que demuestra quién eres. Las cepas no se pueden trasladar, son lo que son donde están, el terreno, el arraigo, el tipo de suelo, la tierra  en la que crecemos, tanto el vino como nosotros, no la puedes trasladar, pero sí aprovechar al máximo.

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