El vino de Marón
Canto IX, 196-215
En el saqueo de Ísmaro, Ulises perdona a un sacerdote de Apolo llamado Marón. El hombre, agradecido, le hace regalos: oro, una cratera de plata y doce ánforas de un vino que en su propia casa solo conocían tres personas. Ni los criados sabían que existía. Lo guardaban él, su mujer y una despensera.
Homero se detiene a describirlo, cosa que casi nunca hace. Dice que era tan concentrado que lo mezclaban una parte por veinte de agua, y que del recipiente salía un aroma del que no se renunciaba sin pena. Cualquiera que haya abierto una botella que llevaba mucho tiempo esperando sabe exactamente de qué habla ese verso.
Ulises se lo lleva al barco sin ninguna razón concreta. Un presentimiento, dice el texto: se figuró que aparecería alguien salvaje. Doce ánforas cargadas por si acaso. Y esas ánforas, semanas después, son lo único que se interpone entre él y morirse dentro de una cueva.
Es la definición más antigua que existe de una buena botella. Algo que compras sin saber para qué y que un día resulta ser exactamente lo que hacía falta.