La botella que espera
Canto II, 337-347
Hay una escena breve en el Canto II que a mí me parece la más conmovedora de todo el poema, y prácticamente nadie la cita.
Telémaco baja a la despensa de su casa. Homero se para a describirla: oro, bronce, arcas de ropa, aceite. Y contra la pared, ordenadas, las tinajas del vino añejo. El texto dice que estaban llenas de bebida pura y divina, y explica por qué seguían cerradas. Se guardaban por si algún día volvía Ulises.
Llevaban veinte años ahí. Veinte años de una mujer que ya no sabe si es viuda y de una vieja despensera que duerme al lado de la puerta y no deja entrar a nadie, custodiando el vino de un hombre del que hace dos décadas que nadie tiene noticia.
Ese vino no es una reserva. Es una forma de negarse a dar a alguien por muerto. Mientras esas tinajas sigan cerradas, esa casa sigue esperando.
Todos tenemos una botella así, la botella para alguien que seguramente nunca volverá. La que no se abre porque todavía no ha llegado el día, o la persona. Homero entendió perfectamente lo que significa, y lo puso donde nadie mira.